Cuando subes a la sierra puede pasar de todo, como encontrarte una bufanda muy especial en la nieve.

Una mañana de domingo, por fin nieva en la sierra y el grupo de fotografía nos ponemos camino al Paular para realizar la ruta a la cascada del purgatorio. Aparcamos con algún traspies de los que venían sin ruedas de invierno y nos ponemos en ruta.

 

Comenzamos la marcha y, pasadas las piscinas, casi en el último paso canadiense, escuchamos un maullido. En unas roderas de casi 30 cm de altura en la nieve aparece una gata. Empieza a acercarse a nosotros y a subirse a las mochilas y pedir comida de una manera casi desesperada.

 

Incluso se dejaba coger sin problema alguno.

Y fue en una de esas cuando la gata decidió pasarse a mi mochila. Como tenía quemaduras de frio en patas y orejas pensé que un descanso no le vendría nada mal. Seguimos ruta.

 

 

Y al poco nos dio la primera sorpresa, decide que fuera hace demasiado frío y consigue colarse en mi abrigo, a ratos tumbada dentro, a ratos sacando la cabeza para ver como va el paseo.

En este punto empiezo a ser consciente de que muy mal tiene que estar como para comportarse de esa manera con un desconocido. Seguimos avanzando entre la nieve y la gata va cambiando entre dentro del abrigo y sentada en la mochila.

 

 

Cuando comenzó a coger calor empezó a jugar a la gata equilibrista cuando parábamos. Cuando alguien se acercaba a otra persona, saltaba de mochila a mochila y, si poníamos los brazos, los utilizaba de puente entre persona y persona.

 

 

Empiezo a darme cuenta que con toda esta nieve y en el estado que está tengo que tomar una decisión: o me hago cargo de ella o la dejo a su suerte: casi seguro morir en no mucho tiempo. Empiezo a escribir a casa para preparar el terreno. Recogerla para luego pedir que otro se haga cargo no me parece una opción y no voy a pedir a otra persona que haga lo que yo no quiero. Llegados a un punto no se puede salvar a todos los animales ni presionar constantemente para que todo el mundo adopte, sobre todo porque a la larga la gente termina siendo impermeable a esas peticiones. Es duro, pero así es la vida.

Parte del grupo nos deja por que se les hizo tarde, pero ya forma parte del mismo y sale en la foto, que quede constancia.

Seguimos ruta, adentrandonos en la garganta justo antes de llegar a la cascada. Con el frío se metió en el abrigo y no asomó los bigotes hasta que llegamos, principalmente por que empezamos a sacar más comida. Del ansia por comer nos llevamos algún que otro mordisco.

 

En la cascada, fotos de rigor que hace frío y hay que volver.

 

Ya de vuelta empiezo a plantearme los números de quedarmela: pienso extra, vacunas, análisis, chip….. todo eso estando en paro.  Por no contar con los problemas que podían aparecer como que no aceptase estar con otros gatos o que una vez alimentada le cambiase el carácter. Sobre todo: posibles enfermedades. La posibilidad de que tras sacarla de su entorno no pudiera hacerme cargo de ella pesaba.

Estaba meditando cuando noto menos peso en la espalda y un plof a mi lado: la gata decide que ha recuperado fuerzas y que quiere andar ella sola, ya sea siguiéndonos o incluso abriendo la marcha. Me cuesta contener la risa porque del salto queda totalmente enterrada en la nieve.

 

Esto empieza a darme esperanzas, dado que un gato enfermo no se recupera tanto con tan solo un poco de comida y calor. La gata está en muy malas condiciones pero no parece enferma. Otra cosa que ayuda es el clima: el mismo tiempo que está acercando a la gata a una muerte segura hace que la posibilidad de tener pulgas o garrapatas sea extremadamente baja (si fuera primavera, coger un animal como este en brazos es pedir a gritos pasarte la tarde quitandote garrapatas y pulgas). En alguna parada que hacemos dice que la nieve está fría y que mejor se queda vigilando las mochilas.

 

Según estamos llegando de vuelta al lugar donde la encontramos llego a la conclusión que lo mejor es que ella decida su suerte y la dejo en el suelo en el mismo lugar donde se subió a mi mochila, un lugar que ella conoce para que pueda decidir lo que quiere hacer, ya eran unos 8 km de ruta con nosotros, unos 3 kilómetros trotando alrededor nuestro. Me doy la vuelta y comienzo a andar y al poco escucho unos maullidos: es la gata trotando detrás de mi. Sigo andando y ella me sigue, maullando cada vez que me alejo demasiado. Al llegar a al Puente del Perdón la recojo y cruza conmigo la carretera. Antes en este puente se perdonaba la vida a los condenados, en este caso, el invierno ha sido quien ha perdonado.

Cuando llego al coche me doy cuenta de otro problema ¿cómo hacemos para que entre tranquilamente y no la lie? No me dio tiempo a terminar de hacerme la pregunta cuando la gata salta dentro del coche y empieza a recorrerlo. Nos cambiamos y nos metemos en el coche. Ponemos a la gata a los pies en la parte de atrás y tapada para que no salte. Solo saca el hocico cuando huele comida, se comparte y se hace el viaje a Madrid tranquila durmiendo.

Llego a casa y preparamos un cuarto con comida, agua y un arenero. Cuarentena total (dento de lo posible, lo que se transmita por el aire se va a transmitir) respecto a los otros gatos, al menos hasta que confirmemos que no tiene nada serio. Adopta el sofá de ese cuarto como propio en unos pocos minutos y encantada con la “catcueva” que le monto con unos cojines.

 

Se pone a comer como si fuera la última vez, con un ansia increíble, mete la cabeza entera en el pienso y coge todo lo que puede cada vez, tirando mucho fuera al masticar. Luego al sofá y a dormir, que por la mañana toca veterinario.

En el veterinario se porta muy bien. Revisamos un bulto tras la oreja izquierda que parece como un perdigón (ya veremos dentro de poco lo que es de verdad), analítica, no tiene chip….. vamos, una revisión general. A pesar de intentar revisarla a fondo, al estar tan delgada los huesos esconden alguna sorpresa (al palparla todo son bultos, acariciarla es como acariciar a un dinosaurio), una de ellas es una garrapata muerta por el frío. A pesar de el banquete de la noche anterior y tener comida continuamente, la gata llega a los 3 kilos por los pelos. Me hacen en el momento los análisis de leucemia e inmuno y dan negativos (aunque en principio la inmuno no es muy contagiosa, es en estos casos cuando pueden contagiarse al empezar a conocerse los gatos y poder pelearse).

 

Dado que no tiene nada grave reducimos la severidad de la cuarentena: mantenemos comida y areneros separados pero empezamos a dejar que se vean de lado a lado del pasillo. Los locales son muy amigables pero la gata se siente débil y si se acercan mucho les bufa (entre que se me puso al cuello y esos bufidos… Bufanda). Los tolera cerca y no les agrede, pero si se acercan demasiado les bufa, cada día les admite más cerca, incluso comparte cama a ratos.

Pasada la primera semana y tras vaciarse de parásitos (para el fin de semana ya no salen cacas contaminadas) volvemos al veterinario, ponemos chip, vacunamos y desparasitamos de nuevo. Bufanda ha engordado en una semana 300 gramos, un 10% de su peso, como si una persona de 70 kilos engordase 7 kilos en una semana. De nuevo se comporta genial en el veterinario. Dentro de 1 mes otra visita y planear esterilización.

Definitivamente se queda en casa, no se si he tenido más suerte yo o ella. Le encanta el sofá en el que me siento y se pasa el día en él recuperando fuerzas, aunque hay veces que se me tumba encima. Como veis, se integra perfectamente en el sofá.

 

 

Me alegra enormemente que no esté enferma y que no sea agresiva con la gente ni con otros gatos una vez que está cogiendo fuerzas de nuevo. Ah si, y le da igual la cámara, no como a sus nuevos hermanos, lo que implica que va a tener miles de fotos.

 

 

 

 

 

 

Gracias a todos lo que habéis seguido la historia desde el primer día y me mandasteis consejos y ánimos, la razón de este texto es para contestaros a todos a la vez, que sois mucho y así termino antes.

Gracias también a todos los que me habéis prestado fotos de la salida para documentar la historia de Bufanda:

 

Carlos Castillo

Juan R. Regaldie

Francisco Pérez Andrés

María Marquez

Albert Highlander

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